agosto 30, 2026
Hola, mis amores:
Vivimos en un mundo en el que el conocimiento resulta enormemente útil.
Sabemos conducir un coche, cocinar una comida, leer un mapa y reconocer patrones en
las personas y en los acontecimientos. En la memoria vamos acumulando información y
experiencias que nos permiten desenvolvernos en la vida. No hay nada malo en el
conocimiento.
La dificultad aparece cuando el conocimiento se presenta como certeza.
Observamos que algo ha sucedido de una determinada manera muchas veces y
concluimos que volverá a suceder así. Conocemos bien a alguien y concluimos que
sabemos cómo va a reaccionar. Nos conocemos a nosotros mismos de una determinada
manera y concluimos que sabemos de qué somos capaces, qué vamos a sentir o qué
vamos a elegir.
Los patrones existen. Las tendencias se repiten. El mundo no es completamente caótico.
Pero un patrón no es una promesa.
El conocimiento se basa en lo que ya ha sucedido. El futuro todavía no ha sucedido. Por
tanto, cualquier cosa que digamos sobre él es una proyección, una probabilidad, una
expectativa.
Quizá útil.
Pero no necesariamente verdadera.
Esto resulta especialmente interesante en las relaciones. Cuando creemos que
conocemos a otra persona, es muy fácil que se cuele la expectativa.
«Siempre hace lo mismo». «Ella nunca lo entenderá». «Sé perfectamente cómo va a
reaccionar».
Puede que esa valoración esté basada en años de experiencia. Puede incluso que sea
bastante razonable. Pero la certeza misma puede convertirse en una especie de prisión.
Dejamos de encontrarnos con la persona que realmente tenemos delante. Nos
encontramos con la idea que hemos ido acumulando sobre ella.
Lo mismo ocurre con nosotros mismos.
«Yo nunca podría hacer eso». «Yo no soy ese tipo de persona». «Sé cómo me voy a
sentir».
Estas afirmaciones también pueden estar basadas en patrones reales. Pero siguen siendo
descripciones de lo que ha sucedido e imaginaciones sobre lo que sucederá.
Hay una especie de amplitud en no saber.
Si no insistimos en saber lo que hará otra persona, o incluso lo que nosotros mismos
haremos, queda espacio para que la vida pueda sorprendernos de verdad.
Hay además otra dimensión en todo esto. Gran parte de nuestro deseo de certeza es, en
realidad, un deseo de control.
Si sabes lo que va a suceder, imaginas que puedes prepararte y protegerte. También
puedes imaginar que, con el suficiente control, puedes organizar las cosas de manera
que obtengas aquello que deseas.
Pero la vida tiene la incómoda costumbre de negarse a cooperar.
Aparecen acontecimientos que jamás habíamos previsto. Las personas cambian. Los
cuerpos cambian. Las circunstancias cambian. Una sola llamada de teléfono o un
encuentro fortuito pueden alterar el rumbo de una vida.
Así que quizá la pregunta no sea cómo eliminar la incertidumbre.
Quizá la pregunta sea si podemos vivir con ella.
La Enseñanza señala una y otra vez la ilusión de un hacedor independiente, de un
controlador independiente. Desde esa perspectiva, el no saber adquiere una especial
relevancia.
Si no existe una entidad independiente que controle el despliegue de la vida, entonces el
resultado no puede conocerse de antemano. La mente puede predecir, planificar,
calcular y prepararse. ¡Y lo seductor es que a veces acierta!
Pero la realidad del instante siguiente solo se revela cuando ese instante llega.
Esta incertidumbre puede resultar inquietante. Pero también puede ser profundamente
liberadora. En ella no existe la exigencia de saber cómo va a terminar todo, qué hará
otra persona o incluso qué haremos nosotros cuando llegue el momento.
Lo único que podemos decir es que, cuando llegue el momento, habrá una respuesta.
Esa respuesta surgirá de la totalidad de condicionamientos y circunstancias presentes en
ese instante.
Y entonces llegará el momento siguiente… o no.
Quizá la sabiduría no consista en acumular certezas.
Quizá la sabiduría consista en reconocer dónde termina el conocimiento.
Y más allá de ese límite se extiende un vasto, rico y abierto Espacio de no saber.
¡Que puedas encontrarlo ahora!
Con mucho amor,
Wayne